domingo, 19 de octubre de 2008

PREJUICIOS


Una de las teorías sobre el origen del lenguaje es que surgió por la necesidad del ser humano de delimitar, abstraer y controlar el mundo. Un árbol existe porque somos capaces de nombrarlo y, de esta manera, pasa a formar parte del territorio que conocemos y ponemos cierto orden a nuestro caótico universo mental.
Igualmente, cuando conocemos a alguien, el cerebro tiende en seguida a clasificarlo. Esto nos da seguridad, y un cierto control sobre sus posibles características. Hacer esto es un mecanismo de defensa que tenemos para no perdernos en múltiples dudas y miedos, pero tiene la gran desventaja de que al no darnos cuenta de esta costumbre ancestral, prejuzgamos a los que acabamos de conocer. ¿Cuántos matices nos perdemos y cuántas injusticias cometemos al creer que sabemos cómo es una persona por su ropa, por sus rasgos físicos o por su profesión? Somos todos tan distintos, tan imprevisibles y tan sorprendentes, que quedarnos en lo simple es pecar de superficialidad.
En mi barrio vive una drogadicta. Ella es para todo el mundo "la drogadicta", y entonces por supuesto se supone que tiene todos los rasgos previsibles y determinados de su calificación. Sin embargo, en una ocasión, me la encontré con su perro en la calle y una bolsita en la mano y, muy indignada me dijo:
-¡No hay derecho, mira cómo está la calle, llena de cacas de perro, habiendo tantos niños en el barrio!¡Qué maleducadas son algunas personas!
Ese día me di cuenta de que merece la pena mirar más allá de las apariencias y de que debía intentar mantener a raya a mi cerebro cuando por inercia trate de juzgar a alguien.
Afortunadamente es agradable pensar que nadie es blanco o negro, sino que somos todos de colores.

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